COOPERACIÓN Y ESPIONAJE – Capítulo 3

Cuando hablamos de inteligencia animal solemos recurrir a la consciencia para calificar a un animal como inteligente o no. Algunos dicen que la consiciencia, el saber que uno mismo “es”, en cuanto a ser, es señal de elevada capacidad cognitiva. En muchas ocasiones habrás escuchado que aquellos animales que son capaces de reconocerse a sí delante de un espejo son los más inteligentes. Queda mucho por ver respecto a todo este concepto de la consciencia, pero parece ser que el método del autorreconocimiento visual no es ni mucho menos infalible. Dentro de los córvidos, por ejemplo, la urraca común (Pica pica) es capaz de identificarse a sí misma en una superficie reflectante, mientras que el cuervo de la selva (Corvus macrorhynchos) no parece poseer dicha habilidad.

Los peces no tienen Capturacapacidad para reconocerse a sí mismos en un espejo, y esto lo han demostrado numerosas veces. En muchas ocasiones reaccionan ante su reflejo de forma agresiva, aunque parece ser que no reconocen “exactamente” a otro individuo de la misma especie, sino una señal algo más confusa. Y es que, las superficies reflectantes no son algo para nada habitual en el mundo natural, y es de esperar que muchos animales no estén adaptados de ninguna forma a responder a tan extraño estímulo. Somos animales muy visuales y tendemos a medir las capacidades de otros animales con nuestros propios baremos, pero muchos de los animales que no son capaces de identificarse a sí mismos con un espejo son capaces de hacerlo por el olor, una forma mucho más común en la naturaleza. Pocos estudios se han efectuado al respecto, pero un estudio realizado en cíclidos indica que, al menos, algunos peces, son capaces de reconocer su propio olor, prefiriéndolo al de otros peces.

Algunas teorías apuntan a que los grupos sociales complejos llevan al desarrollo de las capacidades cognitivas para comprender las diferentes interacciones del grupo y actuar de forma adecuada en cada momento dependiendo del individuo con el que se interactúe. Para ello es necesario identificar a tu compañero, saber si es de rango superior, si es de fiar o no o si desempeña mejor o peor una tarea determinada. Estos comportamientos tan avanzados, se dan, también, sorprendentemente, en peces.

En los luchadores siameses (Betta splendens), que forman grupos sociales con jerarquías, los individuos son capaces de reconocer el rango de un individuo no sólo por interacción directa con él, sino también observando las interacciones que este individuo tiene con otros individuos del grupo. Esta adquisición de información de un individuo por “espionaje” no se da sólo en grupos jerárquicos, si no también en la búsqueda de pareja: En guppies (Poecillia reticulata), cuando una hembra enfrentada a dos machos selecciona a uno de ellos como pareja, ésta tiene la tendencia a cambiar su elección si ve que otras hembras muestan más interés por aquel que no había elegido. Esto muestra que la elección de macho no está basada sólo en puros determinantes genéticos, sino en información obtenida tanto del macho como de otras hembras que parecen preferirlo. Al fin y al cabo, si otras hembras lo prefieren, quizás haya algo en ese macho que haya pasado por alto.

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Hembras y macho de guppy (Poecilia reticulata)

Los peces no sólo juzgan a otros individuos por su estatus o calidad reproductora, sino también por su fiabilidad. Por ejemplo, los espinosos (género Gasterosteus) inspeccionan posibles peligros en pareja, acercándose cada vez más a éste por turnos; pero si uno de los compañeros traiciona al otro quedándose atrás en su turno, más protegido del peligro, el traicionado evitará formar pareja con él en el futuro.

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“Ya no te ajunto” – Gasterosteus aculeatus

Todos estos comportamientos se dan dentro  de grupos sociales de la misma especie. Pero lo curioso es que en muchos peces se dan ejemplos de interacción entre diferentes especies que llevan asociados también la identificación de la identidad de otro individuo.

Por ejemplo, algunos meros (familia Epinephelinae) colaboran con otros habitantes del arrecife, principalmente, morenas y pulpos para cazar. Para ello el mero, primero, recluta a la morena (nos centraremos en ésta). La llamada a filas es sencilla: se posiciona delante suya y menea su cabeza. Esta señal indica a la morena, que sale de su escondrijo, que la caza ha empezado. Los dos peces nadan por el arrecife juntos en busca de presas. Los animales que huyen del mero hacia los recovecos del coral, inaccesible para éste, son atrapados por la morena, y aquellos que son espantados de los escondites por la morena son cazados en aguas abiertas por el mero. Así, el éxito de ambos aumenta aunque sólo uno de ellos se lleve la pieza y ambos tienen accesos a presas que no podrían capturar de forma normal. Uno de los aspectos que muestra la complejidad de esta interacción es que los meros, que buscan específicamente a las morenas para buscar la cooperación, son capaces de identificar a aquellas más colaboradoras y más eficientes en la caza, y las prefieren para elegirlas como compañeras de caza, ignorando a las menos cooperativas.

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La veda está abierta – Ejemplar de Cephalopholis argus interactuando con una morena de la especie Gymnothorax undulatus.

Algunos peces no sólo son capaces de identificar a individuos, sino también generalizar su naturaleza por características determinadas.

Los peces limpiadores, del género Labroides son muy conocidos por los servicios de limpieza que prestan a la comunidad en la que habitan, librando de parásitos y tejido muerto a los peces que se acercan a sus particulares sesiones de limpieza. Este pez es todo un empresario que sabe sacar el máximo partido de sus clientes. Es capaz de diferenciar entre los individuos residentes de aquellos que están de paso, y trata a estos segundos prioritariamente, a sabiendas de que el resto no tiene otro lugar al que ir para que les limpien y volverán de todas formas. No sólo eso, Labroides, en ocasiones, tiende a aprovecharse de sus clientes, llevándose de un doloroso bocado, esporádicamente, algo más que piel muerta. Este comportamiento es arriesgado: un cliente enfurecido podría convertir a este pequeño animal en un almuezo fácil. Labroides actúa tambíen para evitar estos accidentes. Es capaz de generalizar y clasificar sus clientes en “carnívoros” o “herbívoros”, de forma que este comportamiento “tramposo” lo realiza en muchas menoso ocasiones en aquellos individuos que pueden ser un peligro para el.

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Labroides dimidiatus realizando una limpieza bucal a Gymnothorax javanicus. En este caso siempre es mejor que el pez no se la juegue pegando un mordisquito.

 

Los comportamientos sociales de los peces son mucho más complejos de lo que podríamos esperar en un principio, con muchos fenómenos llevandose a cabo, como el espionaje, la cooperación, la identificación de individuos o grupos de individuos o la habilidad para recordar si un compañero es un tramposo o no coopera en una tarea determinada. Estos grupos sociales de interacciones complejas con observación de otros individuos es la puerta de entrada para un fenómeno aún si cabe más sorprendente, la cultura, tema del que tratará el próximo capítulo.

Si te los has perdido, en los siguientes links puedes acceder a los capítulos I y II de esta serie.

Fuentes y más información:

 

PECES Y HERRAMIENTAS – Capítulo 2

El uso de herramientas en los animales suele ser visto muchas veces como un signo de inteligencia. De hecho, en antropología, la invención y el perfeccionamiento de las herramientas son usadas como piedras angulares en el estudio de la evolución humana.

No sólo los primates poseen la habilidad de 37711e9c56f00a85817a390d239e4389usar herramientas. Ésta ha sido documentada también en otros grupos animales, como las aves. Por ejemplo, el cuervo de Nueva Caledonia (Corvus moneduloides) es muy conocido por sus dotes dignas de McGyver, siendo capaces de crear e incluso modificar sus herramientas para adaptarlas a la resolución de un problema determinado.

Si bien el uso de herramientas en aves es impresionante, el uso de herramientas por parte de peces no es tan sofisticado, aunque no es ni mucho menos desdeñable. Y es que para antes de valorar la maña de los peces hay que tener en cuenta que el mundo en el que se desenvuelven estos animales es muy diferente de aquel en el que lo hacen los animales terrestres, principalmente, en dos aspectos muy importantes:

  • No hace falta mirar demasiado a un pez para darse cuenta de que no posee extremidades prensiles, y que, por tanto, no es capaz de agarrar objetos para su manipulación. La boca es útil para manipular elementos externos, pero suele necesitar la ayuda de otra herramienta: una pata capaz de sostener mientras tanto el objeto.
  • Hablando de obviedades, los peces viven en el agua, un medio viscoso y con mucho rozamiento, por lo que aprovecharse de la gravedad para abrir una almeja o blandir un objeto para golpearla son tareas imposibles.

Y si la piedra no va a la almeja, la almeja irá a la piedra. Por eso los peces no blanden la herramienta contra el problema, sino el problema contra la herramienta.

Este es el caso de varias especies de lábridos (Fam. Labridae), los cuales han encontrado un método eficiente para poder abrir la dura coraza de los animales de los que se alimentan. Cuando un lábrido en busca de alimento encuentra un bivalvo, primero se posiciona sobre él y usa sus aletas a modo de ventiladores para levantar la arena del fondo y desenterrarlo. Una vez el molusco ha sido expuesto, lo coge con la boca para llevarlo hasta su herramienta de oficio, una roca situada en un punto preferente, su “estación de alimentación”. Allí, dependiendo de la especie, golpearán la roca con la concha lateralmente o escupirán con fuerza al animal hacia la roca hasta conseguir abrirlo. Existe una auténtica fidelidad a éstas piedras-yunque, a las que el pez transportará sus capturas para abrirlas.

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Esta concepción de herramienta parece haber sido bastante polémica dado que el animal no “coge la herramienta” sino el objeto a abrir, lo cual no casa con algunas definiciones. Pero este tipo de definiciones es quizá demasiado restrictiva dada la morfología de los animales de los que estamos hablando.

Pero no sólo los lábridos usan herramientas, algunos cíclidos y peces gatos han desarrollado una forma bastante efectiva de proteger a su prole de depredadores. Estos peces depositan sus huevos en vegetación, pero en lugar de hacerlo en tallos u hojas fijos, seleccionan elementos vegetales sueltos como hojas caídas para adherir su puesta. De esta forma, cuando un predador se aproxima, en lugar de tener que recoger toda la puesta bocado a bocado, tan sólo tienen que coger la hoja, como si de una bandeja se tratase, y llevarse así, de forma mucho más rápida, la puesta al completo.

Este comportamiento es fácilmente explicable como una modificación del comportamiento habitual de puesta de huevos, y, a pesar de tratarse de un auténtico uso de herramientas, se presupone que no requiere de una elevada capacidad cognitiva, así que vayamos al quid de la cuestión a un pez con un uso de herramientas que requiere una cierta capacidad cognitiva.

Si bien el uso de agua como heramienta es rápidamente aceptado, e incluso, con excitación, cuando se trata de otros animales, como los primates, cuando hablamos de un pez, de nuevo, nos encontramos con bastante polémica. Aun así, el uso que hace el pez arquero (género Toxotes) del agua encaja perfectamente en la definición: el agua es un elemento externo al animal, un elemento que manipula para resolver un problema con intencionalidad.

Este pez escupe chorros de agua a pequeños animales que han tenido la mala fortuna de posarse en una planta suspendida sobre el agua. El impacto les hace caer, de forma que el pez puede conseguir una comida fácil.

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¿Fácil?

Eso no está tan claro. Resulta que este comportamiento es más complejo de lo que parece, y conlleva, incluso, un proceso de aprendizaje. Los peces arqueros aprenden a regular la intensidad del chorro de agua dependiendo del tamaño relativo del animal y la distancia a la que esté.

No sólo eso, los juveniles del género Toxotes han de aprender a contrarrestar los efectos de la refracción de la luz al pasar por el agua, ese efecto óptico que hace que un objeto sumergido (o en este caso, fuera del agua) parezca estar en una posición diferente a la que ocupa realmente.

Y esto lo hacen con una habilidad pasmosa, teniendo que calibrar dichas correcciones dependiendo de los cambios estacionales de temperatura y salinidad del agua, que hacen variar dicho efecto de refracción. Si sumamos a todo esto que también son capaces de aprender a corregir su disparo para acertar a blancos en movimiento, estamos ante todo un Guillermo Tell en versión «Super Soaker». Todas estas capacidades de aprendizaje en el perfeccionamiento del uso de una herramienta indican una capacidad cognitiva considerable.

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Y es que el pez arquero ya ha demostrado dichas habilidades cognitivas en otros ámbitos: Hilando con el capítulo anterior de esta serie, relacionado con la memoria, ahora sabemos que el pez arquero es capaz de identificar rostros humanos, pudiendo memorizarlos y distinguir un rostro determinado de otros con una eficacia que se aproxima al 90%

Con el agua dentro de la definición de herramientas tendríamos a muchos otros peces capaces de usar chorros de agua para conseguir comida de difícil acceso, como los gouramis (que lo usan también para adherir sus huevos a hojas sobre el agua y así evitar depredadores), los peces ballesta (para girar erizos de mar) o, incluso, elasmobranquios como las rayas (para sacar alimentos de sitios de difícil acceso).

Además de las herramientas, las estructuras complejas como los nidos podrían ser precursoras o incluso equivalentes al uso de herramientas en lo que a capacidad cognitiva se refiere. De hecho son sorprendentemente raras en el reino animal, dándose en aves, en algunos mamíferos como el castor y en peces.

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Desde nidos para puestas cuidadosamente construidos con materiales seleccionados en espinosos  (Gasterosteus) hasta murallas de piedra alrededor de una guarida (Opistognathidae), las construcciones de los peces son diversas; aun así, una de ellas llama especialmente la atención.

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Estas estructuras, mostradas en la foto, habían sido todo un misterio en las costas de Japón hasta que se descubrió el artífice de estas señales de dos metros de diámetro dignas de una invasión alienígena: un pequeño pez globo, el Torquigener albomaculosus.

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En la época de reproducción el macho comienza a arar los surcos radiales valiéndose de sus aletas, las “colinas” que quedan entre dichos surcos son decoradas con piedrecitas y conchas que el animal deposita cuidadosamente. Es un trabajo arduo que ha de ser mantenido en el tiempo para que la estructura no colapse con el movimiento de las corrientes marinas. El macho se afana tanto en crear esta estructura por un motivo determinado: Los surcos crean una corriente de agua direccional, de forma que el agua entra por un lado del círculo y sale por el opuesto, pasando por los surcos. Al tener un área mayor la zona central que los surcos, el agua se ralentiza allí, causando que la arena de grano fino que ha llegado arrastrada por la corriente, más fuerte, del exterior, se deposite en el centro de la estructura. Esta arena fina es la que necesita la hembra para depositar sus huevos.

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Diagrama del funcionamiento de los círculos-nido del pez globo T. albomaculosus. Las flechas indican corrientes rápidas. Las flechas verdes entran en la estructura cargadas de arena fina (puntos amarillos) que se depositan en el centro, de flujo más lento. Las flechas rojas indican la corriente saliente, empobrecida de partículas.

Las hembras, van observando, de castillo de arena en castillo de arena, la calidad de la estructura creada por el macho, pasando incluso varias veces por el mismo sitio, para, finalmente, decantarse por uno, mostrando por su parte, quizás, ciertas habilidades cognitivas de memorización, comparación y finalmente elección. Se convierte así en un proceso similar al que se da en las mucho más estudiadas aves de la familia Ptilonorhynchidae, que generan estructuras decoradas para tratar de persuadir a las hembras en su elección de macho.

En el siguiente capítulo de esta serie abordaremos el tema no de como los animales reconocen y juzgan construcciones o estructuras sino de como son capaces de ponerle cara y reconocerse tanto a sus compañeros de hábitat como a si mismos y los problemas que surgen de la convivencia. Hablaremos de las capacidades cognitivas sociales en los peces, y ¡hay mucho de lo que hablar!

Si no has leído el capítulo anterior de esta serie, puedes visitarlo ¡haciendo clic aquí!

 

Fuentes y más información:

MEMORIA DE PEZ – Capítulo 1

Según dijo Grouxo Marx “es mejor estar callado y parecer tonto que hablar y despejar las dudas definitivamente”, pero parece que el actor no estaba tan en lo cierto, si no, que se lo pregunten a los peces. Los peces, desde nuestro punto de vista, son animales poco comunicativos, parecen no emitir ningún sonido, en la mayoría de los casos. Y en el caso de que fueran capaces de sentir emociones, poseen la expresividad de un ladrillo al no tener una musculatura facial que les permita realizar muecas o, ni tan siquiera, fruncir el ceño en desagrado cuando son atrapados por un anzuelo.

Esta incapacidad de comunicación entre el conjunto de los peces y el ser humano, la cual se ve reducida a unos últimos coletazos antes de caer en la cesta de pesca es la que hace que se presuponga a los peces como animales carentes de inteligencia, como máquinas que nadan y comen, sin capacidad de evaluar situaciones o aprender de experiencias anteriores.

Y es que no sólo los peces tienen una escasa capacidad de expresión hacia los humanos, sino que, además, su mundo es completamente desconocido a la mayor parte de las personas, las cuales, raramente habrán visto un pez en su medio natural llevando a cabo un comportamiento normal.

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Esta imagen resume el total de las experiencias que buena parte de la población tendrá con los peces a lo largo de su vida.

Pero ¿es esto realmente así? ¿Poseen los peces inteligencia? Esta pregunta se hace complicada de contestar, sobre todo debido a que el concepto de inteligencia es, por desgracia para aquellos que estudian animales alejados del ser humano, sorprendentemente difusa. En esta serie de artículos analizaremos algunas de las capacidades intelectuales y cognitivas de éstos animales para tratar de encontrar una respuesta a dicha cuestión.

MEMORIA DE PEZ

“P. Sherman, Calle Wallaby 42, Sidney”

Existe una gran cantidad de mitos dentro del mundo de la zoología, pero uno de lo más arraigados en la sociedad, uno que se da por supuesto en cualquier conversación de cafetería es la proverbial memoria de los peces. Ya lo conoces, lo has oído hasta la náusea: “los peces sólo tienen 3 segundos de memoria”.

Pues como ya se ha dicho, no es ni más que un mito. Da igual las veces que lo repitas.

De hecho, algunas especies tienen una capacidad de 23333memorización bastante grande, sobre todo si la comparamos con su longevidad. Por ejemplo, los peces de la especie Melanotaenia duboulayi, que viven una media de dos años en la naturaleza, son capaces de recordar la solución a un laberinto de redes incluso un año después de haberlo resuelto por última vez.

Y es que el aprendizaje y el almacenamiento de la información son muy necesarios para la supervivencia. El aprendizaje y la memoria están muy ligados a evitar peligros; por ejemplo, los lucios que han sido atrapados por un anzuelo desarrollan hasta un año lo que se llama “timidez al anzuelo”, que consiste en que el pez evita aquel extraño artefacto metálico que una vez intentó abducirle fuera de su medio.

 

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Pero la memoria en los peces no sólo está relacionada con saber salvar las aletas anales de peligros mediante el aprendizaje. Se sabe que algunos peces tienen una gran memoria espacial y geométrica, algo esperable en animales que se mueven en un ambiente complejo y tridimensional. Algunas especies de gobios de roca, asociados a pequeñas pozas que se inundan durante la marea alta son capaces de recordar el camino de vuelta a su poza cuando son desplazados hasta a 30 metros de distancia, y no sólo eso, si no que recuerdan la posición de las pozas circundantes durante, al menos, 40 días (hasta donde llegó el estudio, básicamente), siendo capaces de volver a casa en la marea alta siguiendo puntos de referencia en el ecosistema.

De hecho, puedes comprobar la buena memoria que pueden llegar a tener los peces en tu propia casa, si tienes un acuario, un experimento sencillo es alimentar a los peces por la mañana a un lado del acuario, y al atardecer en el otro lado. Cuando los peces comiencen a agruparse con anticipación a un lado del acuario a la hora de comer, significa que han aprendido y están recordando el patrón de alimentación. Esto, a peces como los guppies, muy comunes en acuarios, puede llevarle cosa de 14 días, mientras que las ratas tardan de media, ¡sorpresa! 19 días, más que sus primos ectotérmicos. Pero este es un tema más relacionado con el aprendizaje que con la memoria como tal, y será tratado en nuestra siguiente publicación de esta serie.

Ahora, aparta la mirada de la pantalla, mira a tu acuario y contempla a esos peces, recuerda que son capaces de recordar la mano que les alimenta durante más de 6 meses. ¿Y tú? ¿estás seguro de que te has acordado de darles de comer hoy?

Fuentes y más información:

Los Hijos de Ediacara

GLAUKOMBienvenidos a «Los hijos de Ediacara», una web que fundamos con mucha ilusión los zoólogos miembros de la asociación Glaukos.

¿Cómo? ¿Qué no sabes qué es Glaukos? Aquí te explicamos en que consiste nuestra asociación. Y aquí puedes seguirnos en Facebook y Twitter. El objetivo principal de ésta página no es otro que el de divulgar, debatir y, simplemente, mostrar las maravillas que esconde el mundo animal.

Desde la aparición del más sencillo animal que se arrastrara por el fondo marino del periodo ediacárico, hace 570 millones de años hasta la construcción de complejos nidos por parte de peces globo, en este mismo momento, ha habido un largo camino. Un camino que ha estado sembrado de adaptaciones, extinciones, mecanismos de reproducción, depredación, competencia o mutualismo, y de un sinfin de formas de vida que son los protagonistas de la historia que os contamos.

Mucho queda aún por descubrir tanto de las formas de vida que aún pueblan este planeta como de las que han sido perdidas con el paso del tiempo. Te invitamos a descubrir con nosotros la historia de los probables Hijos de Ediacara.

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